¿Cuándo deben ir los niños al ambulatorio? (o cuándo no).

El aforismo “es peor el remedio que la enfermedad” podría tomar cuerpo a partir del momento en que acudimos a los centros de salud con nuestros hijos si la visita no está justificada. Por más que los profesionales de la pediatría nos empeñemos en lo contrario, los ambulatorios son una zona hostil para los niños. En ellos les acechan algunos peligros obvios, y otros que no lo son tanto.

Repasémoslos:

  • Los más pequeños siempre piensan lo peor ante los “desconocidos” que representamos. Saben que sus padres les van a “abandonar” en la camilla y los dejarán a nuestra disposición para que hagamos con ellos cuanto nos plazca sin que sus lloros o lamentos les sirvan, como en cualquier otra ocasión, para ser rescatados.
  • La frecuencia con que les hemos puesto vacunas hacen que el temor a ser pinchados se cierna constantemente sobre ellos. Muchos, hasta que no salen de la consulta, no dejan de gritar entre sollozos: “pinchazo no, pinchazo no”…
  • Los de más edad saben que la mayor parte de las veces los desnudamos para explorarlos, por más que intentemos que esa práctica no les resulte desagradable no debemos olvidar que a nadie le gusta que lo toquen sin más ni más. Y menos si están doloridos.
  • El propio edificio les trae recuerdos desagradables ya que, sino todos, la gran mayoría de ellos han pasado por alguna experiencia poco gratificante –por calificarla de alguna manera- en el ambulatorio (vacunas, curas, analíticas…). Hasta que alguno de los profesionales no les confirmamos que en ese día no se les va a practicar ninguna técnica invasiva están sometidos a un estrés evidente. Aún después de eso muchos de ellos siguen mostrando su desconfianza.
  • A parte de todo lo anterior expuesto, que debería ser obvio, existen otros “enemigos” en el ambulatorio, algunos de ellos sabiamente ocultos. Son, por ejemplo, los microorganismos que habitan en los niños enfermos que están en la sala de espera o aquellos que se esconden en los enfermos de otras salas de espera y pasillos que debemos atravesar. Algunos de ellos tienen capacidad de instalarse en algunos objetos (fómites) para de ahí pasar a otro organismo. El fonendo del propio pediatra, su corbata (si la usa), las mismas batas de los profesionales, son de los fómites que tradicionalmente se han observado como con más alto poder de transmisión. Extremar nuestras medidas de higiene no siempre consigue evitar esos traspasos.
  • ¿Más? Sí, hay más. No podemos obviar los posibles problemas inherentes al acto sanitario (sea médico o enfermero), un malentendido (las unidades de medida de la medicación no son siempre bien entendidas), un fallo en la receta, una mala praxis, cualquier pequeño detalle puede revertir en un error, por suerte, la mayor parte de las veces de poca importancia, pero no por ello exento de consecuencias.
  • Llevar al niño con asiduidad a la consulta puede llegar a provocar en este una sensación de enfermedad que le cause niveles de ansiedad considerables. Esa sensación aparecerá igual si las vistas están o no justificadas. Parece lógico intentar evitárselas al niño que no debería sufrirlas.Nens post 2
  • En el otro lado tenemos a esos niños probablemente sanos jugueteando por las salas de espera (¿qué van a hacer? –son así). Los niños son la alegría de la casa… ¡Cierto!, pero en su casa o en el parque o en la piscina, en ningún caso en un lugar donde hay otros niños enfermos a los que puedan molestar con sus galopadas y algarabías.

El ambulatorio es, pese a lo que pueda parecer, una “zona de riesgo” donde desaparece el clima de confort en el que están acostumbrados a vivir los niños y que entraña no pocos peligros. No se debería ir con niños al centro de salud si la visita no está plenamente justificada porque podemos salir de él peor de lo que hemos entrado y  no darnos ni cuenta.

Visto lo visto parece claro que un niño no debería acudir a un servicio médico en las siguientes circunstancias:

  • “Llévate a Juanito contigo a buscar las recetas del abuelo”.  Como acompañante de alguien que está enfermo o que va a hacer algún trámite.
  • “Me acerco con Jessica al consultorio mientras vienen sus padres”.  Sin el consentimiento de los padres.
  • “Llamo desde la guardería, estoy esperando para recoger a mi hijo. Deme hora, por favor, porque me han dicho que tiene fiebre”. La valoración previa por los padres es básica. A menudo vemos niños traídos directamente desde la guardería porque han avisado a los padres para que los recojan ya que tienen fiebre*. Una cosa es que no puedan permanecer en la escuela por estar ligeramente enfermos y otra, muy diferente, es que esa exclusión escolar justifique una visita médica. La levedad del cuadro y la precocidad de su instauración hacen, a menudo, inútil esa consulta. Parece una actitud más sensata dejar el niño en observación en casa para valorarlo en las siguientes horas y decidir si está justificado pedir visita con el equipo de pediatría.    *Valdría igual para vómitos, diarrea, dolor de barriga…
  • “Lo traigo por ver si se ha roto algo”. Las contusiones son aparatosas. Comportan dolor y, a menudo, impotencia funcional. Salvo que se observen deformidades de consideración, más allá del típico hematoma, un dolor importante e invalidante o una impotencia funcional persistente, la valoración por el profesional será mucho más fidedigna si han transcurrido unas horas desde el incidente. Eso también ayudará a que el susto inicial haya pasado y podamos apreciar que los síntomas son, casi siempre, mucho más leves con el transcurso del tiempo y, a la vez, la exploración del niño sea mucho más afable. Otro dato, los golpes duelen, a veces mucho, y en ocasiones ese dolor se alarga en el tiempo varios días. Reincidir en consultas por persistencia del dolor no variará ni el diagnóstico ni el pronóstico.
  • “No le veo mucha cosa, pero como el domingo nos vamos al camping”. Los profesionales estamos bien preparados, nos reciclamos y seguimos estudiando (casi) a diario para mantenernos actualizados, a pesar de eso carecemos del súperpoder de predecir el futuro. Todo ello a colación de que no podemos saber lo que pasará la mayor parte de las veces con los síntomas que se nos ponen por delante. Dicha capacidad queda mermada en mayor cuantía cuanto más banal es la patología a la que nos referimos. Por poner un ejemplo: el viernes no podemos saber de ninguna manera si un niño con mocos podrá ir a la piscina el domingo. Tenemos nuestras limitaciones… Eso es futurología. La medicina preventiva es otra cosa…
  • “Lo veo bien, pero mejor échele un vistazo porque salimos de vacaciones mañana mismo”. Tampoco somos “preventivos” en nuestra propia esencia. La visita de un niño sano o levemente enfermo no tiene la capacidad de evitar que 48 horas más tarde esté enfermo.
  • “Si le pudiéramos dar un antibiótico mejor, hace la comunión el domingo”. Las prescripciones son eficaces en base a los diagnósticos, no en función de la agenda del niño. Un antibiótico funcionará cuando la patología de base lo haga indicado y carecerá de efecto si no es necesario, por más que el paciente haga la comunión o se vaya a Port Aventura® ese fin de semana. La medicación que empleamos sirve para tratar enfermedades o aliviar síntomas, desgraciadamente no es capaz de evitar que aquellas enfermedades en las que no está indicada tengan una evolución tórpida.
  • “Lo traje ayer, pero sigue igual…”. La reiteración de visitas por persistencia de los cuadros clínicos en espacios relativamente cortos de tiempo ni acelera la curación, ni inducen a mejoría. Al contrario, como se ha señalado anteriormente, pasear por un mar de microorganismos como son los centros de salud podría empeorarlos con facilidad.
  • Una última indicación:

Si dudas sobre si tu hijo está enfermo o no, probablemente no lo está.

Dejando a un lado los controles de salud, en los que será el equipo de pediatría quien marque las citas a cumplimentar deberíamos llevar  los niños al pediatra cuando pensemos realmente que nuestro hijo está enfermo, cuando esa enfermedad tenga una cierta relevancia y cuando requiera algo más que los cuidados que se le puedan dedicar en casa. Los profesionales de los centros de salud están sobradamente preparados, pero son los padres y madres los que más conocen a sus hijos, conviven con ellos y saben sus reacciones. Los padres deben ser capaces de darse cuenta cuando ese “dolorcillo” que explican puede llegar a ser realmente preocupante o no va más allá de la demanda de un “cura-sana” a tiempo. Deben tener la habilidad de ver si esa fiebre o esa molestia van acompañados de otros signos, tales como decaimiento, mal estado general, apatía, que indiquen algo serio escondido en ellos. Y deben, en última instancia, ser el primer filtro de calidad que supere la enfermedad (o no) de sus hijos antes de pedir consejo a un profesional.

Nens post

6 Comments

  1. A veces, aunque los padres intuyen que el problema de su hijo es leve, es comprensible que quieran asegurarse de que lo que están pensando es así. Por eso, este buen artículo, avisa de que no siempre es conveniente acudir a un centro repleto de gérmenes en las sillas, en los mostradores, en cada esquina, para que al final, el niño salga con algo con lo que no contaba la familia.

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    1. Bueno, a lo mejor hemos sido un poco “radicales” al redactar desde el otro lado de la puerta. Sin duda ese es nuestro punto de vista y esperamos que te haya servido de ayuda.
      Gracias por tu contribución y tu tiempo. Un saludo y feliz verano.

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  2. Como madre confirmo que es muy difícil saber cuándo ir y cuando no. Obviamente un por si acaso mañana se pone malo no es la razón para ir. Hay que aplicar la lógica y seguir la intuición. Nadie mejor que nosotros conoce a nuestros hijos.

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